domingo, 25 de septiembre de 2016

REFLEXIÓN -DOMINGO 27º TIEMPO ORDINARIO. C. 2 de octubre de 2016


EL FRUTO DE LA FE

 “El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por la fe”. Así concluye el texto del profeta Habacuc que se lee en la celebración de la Eucaristía de este domingo (Hab 2,4). Como sabemos, el texto original venía a decir que el final del malvado es la muerte. Pero el justo alcanzará la vida por su “fidelidad”.
Para el profeta, la fe se entiende como la espera atenta del que confía en las promesas de Dios y no se desalienta ante su aparente silencio. No basta con creer que hay un solo Dios. En la carta de Santiago se nos dice que “también los demonios lo creen y tiemblan” (Sant 2,19). La fe ha de traducirse en la fidelidad diaria a la voluntad y al ritmo de Dios.
Se repite con frecuencia una célebre frase de la santa Madre Teresa de Calcuta: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”. Así es y así lo anunciamos.

LA ORACIÓN Y LA FE

 También en el evangelio que hoy se proclama reaparece el tema de la fe. Ahora son los apóstoles los que se dirigen al Señor para suplicarle: “Auméntanos la fe”  (Lc 17, 5). La fe no se pesa ni se mide. No es una realidad cuantitativa, sino cualitativa. Esta petición incluye algunas sugerencias que no deberíamos olvidar
• Con esta súplica, los apóstoles dan a entender que ya han comprendido que la fe es un don. Es un agua viva que mana de la fuente misma de Dios. Es un don que no se puede imponer, pero tampoco se debe impedir. Hay que suplicarlo con una oración persistente y confiada y hay que procurar mantenerlo con una dedicación agradecida y activa. 
• Por otra parte, la petición de los apóstoles nos dice que en el camino de los seguidores del Señor, la fe es siempre poca. Jesús ha llamado a veces a sus discípulos “hombres de poca fe”. Por mucha responsabilidad que tengan los llamados, siempre habrán de reconocer que su fe es débil y manifiestamente mejorable. 

EL SEÑOR Y LOS SIERVOS

Hay otra sugerencia en este evangelio. Jesús dice que basta un granito de fe para trasladar una montaña. ¿Es una exageración? No, es una imagen. Trasladar la montaña es dejar nuestro orgullo y convertirnos en siervos de los demás. Con la humildad de los que dicen: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).
• “Somos unos pobres siervos”. Así pues, la fe no se manifiesta en nuestras proclamaciones ni en el ministerio que se nos ha confiado.. Ni siquiera en la exactitud con que practicamos los ritos sagrados o en la belleza de nuestras ceremonias. La fe se hace realidad en el constante servicio a los hermanos.
• “Hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, tampoco el servicio puede convetirse en otro motivo para reclamar la gratitud y el reconocimiento social. Dios nos ha amado gratuitamente. Si nuestro servicio al prójimo es interesado ¿quién se va a creer que nuestra fe puede mover las montañas? 
- Señor Jesús, también nosotros te pedimos como los apóstoles de la hora primera: “Auméntanos la fe”. Danos fuerza para llevarla a las tareas de cada día. Y danos también la alegría para dar testimonio de ese don. Tú nos lo has concedido para hacernos fieles y felices. Y para que tratemos de mejorar este mundo nuestro. ¡Bendito seas! 
                                                                                     José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 1 de octubre de 2016


                        
DOCTORA DEL AMOR UNIVERSAL
Comenzamos el mes de octubre recordando con alegría la figura de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Solo vivió 24 años, sumergida en el silencio y en la oración del Carmelo de Lisieux. Y sin embargo, nos sorprende ver que es conocida y amada en todo el mundo.
En la vida de mi madre jugó un papel muy importante la “Historia de un alma”, que había comprado siendo muy joven, y que procurábamos leerle cuando ella ya no podía hacerlo. Aquel libro fascinante, que recogía el relato de la vida espiritual de aquella carmelita francesa, ayudó al mundo a descubrir la fuerza invencible de la debilidad.
Así es. Santa Teresita no es conocida por haber hecho grandes cosas, sino por haber elegido precisamente lo más pequeño, es decir, el humilde camino de la infancia espiritual. El difícil arte de llegar a hacerse como niños. No en la inconsciencia sino en la inocencia de los pequeños.
Esta humilde monja de clausura, hija de padres que ya han sido canonizados por la Iglesia, hubiera deseado recibir todos los dones y carismas. Pero le pareció que todos ya habían sido repartidos generosamente por el Espíritu. La Iglesia había sido tan ampliamente enriquecida con tantos los dones que le parecía imposible encontrar su propia tarea.
Sin embargo, en la oración llegó santa Teresita a descubrir el puesto que le había sido  asignado por el mismo Dios. Lo suyo había de ser el puesto del corazón en el seno de la Iglesia. Así pues, a ella le correspondía el humilde servicio del amor a todos. Un amor universal, que no podía quedar encerrado tras los muros de su convento.
A muchas personas les pareció bastante extraño que ya en 1927, el papa Pío XI la nombrara patrona de las misiones, precisamente a ella, que nunca había viajado a otros continentes.  Más sorprendente aún fue que san Juan Pablo II en 1997 le concediera el título de doctora de la Iglesia. Poco después la definió como “experta en la ciencia del amor”.
En este año jubilar de la misericordia nos alegra recordar cómo esta carmelita descubrió la misericordia de Jesús: “A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas… Todas se me presentan radiantes de amor. Incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás), me parece revestida de amor”.
Hoy nos parece vivir sumergidos en una sociedad crispada, corrupta y altanera. No es extraño que, precisamente en este momento, el Papa Francisco nos haya dicho que, al recordar a santa Teresa del Niño Jesús, “nos hará bien pensar en el espíritu de humildad, de ternura de bondad. Este espíritu manso, propio del Señor, que lo quiere de todos nosotros”.
                                                                             José-Román Flecha Andrés

lunes, 19 de septiembre de 2016

DOMINGO 26º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 26º TIEMPO ORDINARIO. C.25 de septiembre de 2016

EL RICO Y EL POBRE 
 “Os acostáis en lechos de marfil..., coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo..., bebéis vinos generosos... y no os doléis de los desastres de José” He ahí un resumen de las invectivas de Amós contra los ricos egoístas de Samaría. Su tranquilidad no los librará de tener que salir muy pronto hacia el destierro (Am 6, 4-7).  
El profeta-pastor se escandaliza no sólo por la comodidad de los ricos de Samaría, sino, sobre todo, por la indiferencia con la que tratan de ignorar las desgracias padecidas por las gentes de las tierras de Efraím y Manases. Pagarán su insensibilidad con la deportación.
En ese contexto, es muy significativa la exhortación da san Pablo a Timoteo: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza” (1 Tim 6,11). No podemos olvidar el salmo que hoy cantamos: “El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos”(Sal 145, 7).

 EL MÁS ACÁ Y EL MÁS ALLÁ

 El evangelio de Lucas nos presenta hoy la parábola del rico y el pobre (Lc 16, 19-31). Solo un manuscrito le adscribe al rico el nombre de Neves, que algunas tradiciones entienden como despectivo. El pobre se llama Lázaro, que significa “Dios ha ayudado”. Además de esta diferencia, la parábola contrapone dos escenarios  y tres tiempos. 
• El primer cuadro refleja la vida de cada día. Vemos que el rico se viste de púrpura y de lino y goza de espléndidos banquetes. El vestido y la comida revelan la riqueza de que goza.  Por el contrario, el pobre yace a su puerta, cubierto de llagas, que lamen los perros, y con ganas de saciarse de las migajas que caen de la mesa del rico. 
• El segundo cuadro se abre al más allá de la muerte. El rico está en los infiernos.  Reconoce al padre Abrahán. Y le ruega que envíe a Lázaro para que le refresque la lengua. Abraham lo reconoce como hijo, pero le explica el cambio de la suerte: él, que tuvo bienes en vida, ahora padece mientras que Lázaro, que solo tuvo males, ahora encuentra consuelo.

LA ESCUCHA Y LA SEÑAL

En la parábola hay todavía un tercer tiempo, en el que el rico intercede por sus hermanos. Si Abrahán les envía a Lázaro como mensajero, tal vez recapaciten y puedan evitar caer en el mismo lugar de tormento. Y aquí se mencionan otras dos respuestas de Abrahán:
• “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.  En la Biblia tiene una gran importancia la “escucha” de la palabra de Dios. En escuchar y cumplir esa palabra está la salvación. Por eso es preciso preguntarse qué es lo que nos impide escucharla.
• “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. El pecado y la tibieza nos impulsan a vivir a la espera de una señal “especial” de Dios para decidirnos a cambiar de vida.  Pero la señal ya se nos ha ofrecido.
- Señor Jesús, bien sabemos que la señal divina es la presencia humana del pobre. Así lo indicaban la Ley y los profetas. Y así nos lo has enseñado tú con tu ejemplo y tu palabra.  No permitas que caigamos en el doble pecado de la satisfacción y la indiferencia. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
                                                       José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 24 de septiembre de 2016

                                               
ORAR POR LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

Sin la gracia de Dios no podemos conseguir los ideales de una vida virtuosa. La oración nos lleva a confiar en la misericordia divina, que viene en ayuda de nuestra fragilidad humana. 
Esta obra de misericordia contempla el deber moral de orar tanto por los vivos como por los difuntos. Muchas personas vivas agradecerán que las recordemos en nuestra oración. Nuestros antepasados  pedían para sus familiares difuntos  la paz eterna, la superación de las penas del purgatorio o el acceso a la gloria eterna.
Nuestra fe nos dice que nuestra oración por los que han muerto no es un mero signo de cortesía o de gratitud. Con nuestra oración afirmamos que nuestro amor puede y debe ser más fuerte que la muerte. Creemos y confesamos que nuestro amor nace del Dios amor que a todos nos hermana, a todos espera y a todos acoge.
Durante la batalla de los hebreos contra los amalecitas, Moisés  intercede por Josué y por sus tropas  (Ex 17, 11-12). Y Salomón “ruega al Señor por él, por todo el pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus necesidades diarias” (1 Re 8, 10-61).   
 Judas Macabeo encarga sacrificios por los muertos en la batalla. El texto añade que “santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados” (2 Mac 12,46).
  Jesús escucha la oración de intercesión que le dirige Pedro por su suegra y la súplica del centurión a favor de un criado suyo. Escucha la súplica de Jairo y la de una mujer cananea  por sus respectivas hijas. Presta atención a las gentes que interceden por un sordomudo y a un padre angustiado que le presenta a su hijo epiléptico.
Jesús escucha la oración de los demás y exhorta a sus discípulos a rogar aun por aquellos que les hayan hecho mal: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os maltraten” (Lc 6, 27-28). No es un signo de masoquismo. Es la única forma de parecerse a Dios, que se compadece de buenos y malos.
En su exhortación “La alegría del Evangelio” el Papa Francisco ha recomendado la oración de intercesión. Por ella  pedimos a Dios gracias para nuestros hermanos al tiempo que le  damos gracias.
Nuestra oración puede manifestar nuestra profunda gratitud por lo que ellos son y han sido para nosotros, por los dones que han recibido, por la fidelidad con la que han servido a Dios y a los demás,  por el testimonio de su vida y por el ejemplo que de ellos hemos recibido.
Por tanto, orar por los vivos y los difuntos no es un gesto ocioso. Es el signo de la comunión de los santos, en la que decimos creer cuando recitamos el Credo. Orar por los demás equivale a expresar con un signo personal nuestra fe en el amor de Dios a todos sus hijos. Interceder por los demás es un gesto que revela nuestra cercanía a la familia humana.
                                                             José-Román Flecha Andrés

lunes, 12 de septiembre de 2016

REFLEXIÓN-DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO. C 18 de septiembre de 2016

DIOS Y EL DINERO

 “¿Cuando pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano?” Así pensaban y decían aquellos ricos desalmados que se encontró Amós al subir desde su pueblo de Técoa hasta la alta colina de Samaría.
Amós proclamaba abiertamente que él no era un profeta. Era sólo un pastor. Pero tenía ojos para ver la injusticia. Tenía sentido común para percibir la falsedad de los que pasaban el tiempo de oración planeando sus próximos negocios. Y, sobre todo, tenía fe y valor para gritar que Dios no podía ignorar tanta ignominia (Am 8,4-7).
El mensaje no es despreciar la riqueza sino apreciar la dignidad de los humildes. Con el salmo responsorial proclamamos que Dios “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre” (Sal 112,7-8). San Pablo pide a Timoteo que se hagan oraciones para que todos puedan llevar “una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro” (1 Tim 2,1-2)

 UNA DOBLE ASTUCIA

El evangelio de Lucas privilegia a los pobres y marginados. Por eso, en sus páginas se menciona tantas veces el dinero. En el texto que hoy se proclama se recuerda la parábola del hombre rico que descubre la infidelidad de su administrador (Lc 16,1-13).
Antes de dejar su trabajo, éste urde apresuradamente una nueva trampa contra los intereses de su amo: invita a los deudores  a disminuir notablemente la deuda contraída por la compra del trigo y del aceite. ¿Cómo explicar la alabanza que el amo dedica a su administrador, al enterarse del engaño?
• Jesús subraya la astucia que los hijos de este mundo emplean para el mal y desea que los hijos de la luz aprendan a ser astutos para el bien.
• Además, el Maestro exhorta a los discípulos a que utilicen los bienes para ganarse una buena acogida en las moradas eternas.  
• Finalmente, dado el contexto de este evangelio, tal vez se sugiere  que el proceder del administrador ha hecho comprender a su amo lo efímero de los bienes de este mundo.

LOS DOS AMOS

De todas formas, la conclusión de la parábola, parece llevarnos a olvidar el aplauso que el amo dedicó a su administrador. El texto evangélico, en efecto, incluye dos serias advertencias para todos los discípulos:
• Solo quien es fiel será fiable. La fidelidad en lo pequeño hará que el discípulo de Cristo merezca confianza cuando se trata de lo más importante. El buen uso del dinero y de los bienes de la tierra es un signo de la seriedad del compromiso del creyente. 
• Por otra parte, nunca será fácil servir bien a dos amos. El buen servicio a uno genera un mal servicio al otro. Es preciso saber elegir a quién servir. Esa elección revela la verdad última de la persona. La conclusión es tajante: “No podéis servir a Dios y al dinero”.
- Señor Jesús, todos proclamamos el valor de la justicia, pero tú conoces bien en cuántos momentos todos somos injustos. Libera nuestro corzón de la esclavitud a los bienes de este mundo para que podamos ser creíbles, al anunciar tu mensaje de amor y de justicia.   Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
                                                                           José-Román Flecha Andrés


CADA DÍA SU AFÁN 17 de septiembre de 2016

                                                  
SUFRIR  LOS DEFECTOS DEL PRÓJIMO

 Sufrir con paciencia no equivale a soportar como piedras los defectos, las manías o los ataques de los demás. La tolerancia  es un valor muy aplaudido por el mundo de hoy. Es un derecho personal y un deber social.
Ni siquiera en el ambiente familiar es fácil la tolerancia. En muchas ocasiones es difícil aceptar con paz y comprensión los errores del cónyuge o las impertinencias de los hijos. En este campo las personas necesitan con frecuencia la ayuda de una competente orientación familiar.
No basta con aceptar el “modo de ser” de la persona. Hay que aceptar su mismo “ser”.  Es decir, la aceptación del otro se remonta en la familia hasta los mismos orígenes de la vida. El aborto es el rechazo a una persona que ya ha llegado a la familia.
La misericordia es un atributo de Dios. Él es un “Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal” (Sal 86,15). Esa confesión es un signo de la confianza que en él deposita el creyente: “El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo” (Sal 116,5).
Pero la paciencia y la impaciencia marcan el ritmo de las relaciones interpersonales.  En la literatura sapiencial se encuentra una observación nacida de la experiencia diaria: “El de genio pronto, hace necedades, mientras que el hombre reflexivo aguanta” (Prov 14,17).   
 Jesús  muestra su compasión hacia los cojos, los ciegos, los tartamudos y los leprosos. Es más, como para revelar la misericordia universal de Dios, Jesús acepta la petición insistente de ayuda que le dirige una mujer extranjera.
El Resucitado se hace caminante con los discípulos que se dirigen a Emaús y prepara un desayuno junto al lago de Galilea para los que regresan a la costa sin haber pescado nada.
 San Pablo ruega a los fieles de Tesalónica que tengan paciencia unos con otros: “Os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los que viven desconcertados, animéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos” (1 Tes 5,14). Cuatro buenos consejos para una sana convivencia
Esta obra de misericordia exige valorar todo lo bueno y noble que encontramos en los demás. En un mundo demasiado crispado, es preciso tratar de descubrir no sólo los defectos, sino también los valores positivos que poseen todos nuestros prójimos.
Habrá que aprender a ver “personas” detrás del rostro de los demás. Cada uno de los miembros de nuestra familia es un don que Dios nos ha enviado.  Es una persona, con sus límites y sus alcances, con sus logros y sus malogros, con su pobreza y su riqueza.
Es preciso estar siempre dispuestos a disculpar y perdonar las ofensas que podamos sufrir de parte de nuestros vecinos. Hay que aprender a situarse constantemente en el lugar del otro.  Esa es la regla de oro de todas las culturas y de todos los sistemas éticos.
                                                                      José-Román Flecha Andrés

lunes, 5 de septiembre de 2016

DOMINGO 24º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO C. 11 de septiembre de 2016


EL REENCUENTRO

 “Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado” (Éx 32,7). Con esas palabras se dirige el Señor a Moisés para anticiparle el espectáculo bochornoso que va a descubrir cuando descienda al llano. 
Dios había adoptado a Israel como su pueblo. Ahora parece desentenderse de él al decir a Moisés. “Se ha pervertido tu pueblo”. Dios había tomado la iniciativa de sacar a su pueblo de Egipto. Ahora parece cargar esta responsabilidad sobre Moisés. La apostasía del pueblo enciende la ira de Dios. Pero ante la súplica de Moisés, Dios se arrepentirá de la amenaza que pronuncia contra su pueblo (Ex 7,14).
San Pablo reconoce que, a pesar de haber sido un blasfemo, un perseguidor y un violento, Dios se ha compadecido de él (1 Tim 1, 12-17). Por eso, la asamblea litúrgica canta en este día: “Misericordia, Dios mío por tu bondad” (Sal 50, 3).  

 LA ALEGRÍA

Tres parábolas sobre pérdidas y encuentros. Tres parábolas sobre la alegría (Lc 15). Un capítulo que quedaría flotando en el recuerdo, aunque todo el evangelio se olvidara. Así lo pensaba el poeta Charles Péguy.
• Un pastor perdió una oveja. La buscó y logró encontrarla.  Y, alborozado, invitó a sus amigos a felicitarlo. Una mujer perdió una moneda. La buscó y al encontrarla, pidió a sus vecinas que la felicitaran. Jesús concluye estas parábolas con una misma profecía: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”.
• En la tercera parábola hay un hijo que abandona el hogar, pero se arrepiente y vuelve. En su casa no hay cerrojos. Hay un padre que recibe al que se había perdido. Y hay otro hijo que no se ha ido de casa, pero no la vive como el hogar del amor y la armonía. Pero su padre lo invita a alegrarse: “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15, 32).  

EL TERCER HIJO

Hace muchos años explicaba yo a los niños de la parroquia la “parábola del hijo pródigo” y de su padre misericordioso. En un momento les dije que en la tercera parábola me faltaba un tercer hijo. Un hijo que no abandonara el hogar. Un hijo que esperara a su hermano y se adelantara a preparar con alegría la fiesta para recibirlo en la casa.
De pronto, un niño levantó su mano para pedir la palabra. Nunca olvidaré su observación: “Ese tercer hijo también aparece en el evangelio. El tercer hijo es el mismo que cuenta la parábola”. Y así es. Una vez más, un niño nos ha evangelizado. Jesús no reniega del amor del Padre. Y tampoco reniega del hermano. Su amor y su alegría nos acogen en el hogar.
- Señor Jesús, el pueblo de Israel alcanzó el perdón a pesar de su idolatría. Tú nos enseñas que no es el reproche, sino la alegría lo que corona el reencuentro cuando nos hemos perdido. Te reconocemos como “el rostro de la misericordia de Dios”. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
                                                                     José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 10 de septiembre de 2016

                                                       
MENSAJE DE LA CRUZ

El próximo día 14 de septiembre se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.  En el canto de entrada en la Eucaristía resuenan unas extrañas palabras de San Pablo: “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado”.
¿Gloriarse en la cruz de Cristo? Eso fue una blasfemia para los judíos, que veneraban el poder de Dios y esperaban un Mesías poderoso.  Y fue una locura para los griegos, que apreciaban sobre todo la sabiduría, la prudencia y la mesura. Al venerar a un crucificado, los cristianos se convertían en una auténtica provocación social.
¿Gloriarse hoy en la cruz de Cristo? En un mundo que solo aspira a la comodidad y el disfrute, al triunfo y la fama, aceptar la cruz suena a un masoquismo enfermizo. La cruz molesta en todas partes. Y proclamar que la cruz es el camino para la salvación suena a locura. 
Y, sin embargo, Jesús tuvo la osadía de compararse a sí mismo con la antigua serpiente del desierto: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14-15).
Con esa imagen recordaba él la serpiente de bronce que Moisés levantó sobre un mástil en medio del campamento hebreo. “Cuando una serpiente mordía a uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado” (Núm 21,9). 
  Jesús habría de ser elevado en la cruz para ofrecer la salvación a todos los que volvieran a él sus ojos y su confianza. Evidentemente la salvación no brota de la madera de la cruz, sino del crucificado en el madero, es decir de su entrega a Dios por los hombres. 
El signo y el misterio de la cruz se expresan en palabras de entrega. El evangelio de Juan coloca en labios de Jesús el mejor comentario a esta certeza.
• “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. Dios no es enemigo de su creación. La vida y la muerte de Jesús son el gran signo del amor de Dios al mundo. Y la entrega de Jesús a su Padre es el reflejo del acto por el que el Padre nos ha entregado a su Hijo.
• “Para que no perezca ninguno de los que creen en él”. El fin de la entrega de Jesús es presentado como un rescate. Aceptadas por la fe, su vida y su doctrina nos liberan de la frustración humana y del riesgo del fracaso de nuestra existencia.
• “Para que tengan vida eterna”. Su entrega tiene por finalidad ofrecernos una vida plena de sentido. La misma vida de Dios que es amor. La misma vida de su Hijo que se ha distinguido por su  donación a los pequeños, a los humildes y a los pobres. Esa es la vida que pervive hasta más allá de la muerte y nos une para siempre al Dios viviente.
También en este tiempo, la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz nos recuerda esa fe y nos anima a la esperanza.
                                                                    José-Román Flecha Andrés


lunes, 29 de agosto de 2016

DOMINGO 23º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN-Domingo 23º del Tiempo Ordinario. C 4 de septiembre de 2016

UN PROYECTO MÁS ALTO

 “¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles” (Sab 9,13-14). Así comienza el texto del libro de la Sabiduría que hoy se proclama en la primera lectura de la misa.
Un poco más adelante, el texto nos recuerda que “apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a mano”. Con mayor dificultad conoceremos las cosas del cielo. No es fácil adivinar el proyecto de Dios sobre nuestra vida.
Suponemos que tampoco Filemón entendería con facilidad que la huída de su esclavo  podría ser para él una ocasión para descubrir el valor de todo ser humano y aun su propia grandeza y su verdadero señorío. San Pablo trató de hacérselo comprender en el breve escrito con que acompañaba el retorno del esclavo Onésimo.

 EL SEGUIMIENTO

Mucho más difícil es comprender por qué Jesús invita a dejarlo todo para seguirle a él: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26).
El Papa Francisco ha comentado estas palabras diciendo: “Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie”. Esa es la clave: no anteponer nada al amor de Jesús. Para el discípulo nada es tan imprtante como el mensaje del Maestro.
Evidentemente, Jesús no niega el valor de la familia. Ni propone un masoquismo absurdo e inhumano. Pero trata de dejar muy claro que seguirle a él exigirá siempre un auténtico sacrificio. No es fácil dejar a un lado todo lo que consideramos valioso. No es fácil  seguirle a él por un camino que lleva hasta la cruz. 
 
LA CRUZ

Todos los que tratamos de seguirle por el camino, recordemos que la propuesta de Jesús es clara y terminante:
• “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. El mismo Papa Francisco nos ha recordado que “seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón, esta misericordia, pasa a través de la cruz.”
• “Quien no lleve su cruz destrás de mí no puede ser discípulo mío”. Ser discípulo de este Maestro no significa tan sólo conocer su filosofía y su doctrina. Implica vivir como él y estar dispuestos a morir con él. La fe no nace de un aprendizaje teórico. Brota de un encuentro personal que compromete toda la vida.
- Señor Jesús, de sobra sabemos que nuestros proyectos reflejan un ideal de comodidad. Pero tú nos presentas un proyecto más alto y nos invitas a seguirte. Ayúdanos a aceptar nuestra cruz de cada día como una parte de la tuya. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
                                                                                    José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN- 3 de septiembre de 2016

 
 CONSOLAR AL TRISTE

Tal vez sea esta obra de misericordia la que con más facilidad puede conservar todavía su carácter de tal. Consolar al triste es meritorio ejercicio de las personas que sienten como suyo el dolor de los demás. El consuelo refleja y consolida una  relación de confianza y de afecto entre dos personas: la que es consolada y la que consuela.     
Para consolar adecuadamente es preciso conocer profundamente a quien pasa por el valle del sufrimiento y conocer el motivo de su dolor. De lo contrario, el intento puede fracasar. 
Para que el consuelo sea respetuoso y adecuado será preciso también prestar atención al momento oportuno para intentar ofrecer un gesto o una palabra de aliento. Esto lo saben bien los miembros de una familia que vive en paz y en armonía.
En la segunda parte del libro de Isaías, se presenta a Dios como el consolador de su pueblo: “El Señor consuela a Sión, consuela todas sus ruinas: convertirá su desierto en un edén, su yermo en jardín del Señor; allí habrá gozo y alegría, acción de gracias al son de instrumentos”  (Is 51,3.12).
En las páginas de la Biblia se menciona también ese consuelo humano que a veces no encuentra la persona: “La afrenta me destroza el corazón y desfallezco; espero compasión y no la hay, consoladores y no los encuentro”  (Sal 69,21).
Como signo y revelación del consuelo de Dios, Jesús mismo consuela a los afligidos y a los que sufren. Basta recordar algunos ejemplos, como el hombre de la mano paralizada, la viuda de Naím que lleva a enterrar a su hijo, Jairo y la mujer que padece flujos de sangre
En el evangelio de Mateo, Jesús proclama dichosos a los que sufren, porque ellos serán consolados. Dios mismo será su consuelo.  El mismo Jesús promete a sus discípulos otro Consolador que el Padre enviará cuando se lo pidan.
 Por su parte, en un texto voluntariamente reiterativo, Pablo proclama la bondad del “Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1, 3-4).
Así pues, es necesario evitar la indiferencia ante las necesidades, la marginación o la pobreza del prójimo. En la indiferencia se revela el egoísmo de quien pretende vivir atendiendo solamente a sus necesidades o sus caprichos. 
Ser indiferente ante los dolores o ante las penurias ajenas indica que hemos perdido el sentido de la convivencia, de la solidaridad y de la fraternidad. 
 Hay que denunciar las situaciones en las que una persona o un grupo social padece un acoso puntual o sistemático por parte de otras personas. No podemos pasar por el mundo ignorando  la suerte –o la mala suerte- de los demás. Sería un dolor que nos tratasen a nosotros de esa manera.


José-Román Flecha Andrés