lunes, 1 de agosto de 2016

DOMINGO 22º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 22º DEL TIEMPO ORDINARIO. C 28 de agosto de 2016


INVITADOS Y ANFITRIONES

 “Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, porque es grande la miseicordia de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Si 3,17). Este consejo que nos ofrece hoy el libro del Sirácida o Eclesiástico merecerá la burla y el desprecio de todos los que van corriendo detrás de los honores, el prestigio o el triunfo político.
En el mundo actual no se valora la humildad. Por todas partes se respira el tufo de la arrogancia. Son muchos los que parecen dispuestos a vender hasta su alma con tal de aparecer en la primera plana del triunfo social.
En ese contexto, será dificl reconocer que “Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece” (Sal 67). La experiencia de todos los días parece desmentir esa confesión del salmista. Pero Dios es el juez de todos, como nos recuerda la carta a los Hebreos (Heb 12, 22-24).

LA ALTANERÍA

En la misma línea se coloca el texto del evangelio que se proclama en este domingo (Lc 14, 1.7-14). Invitado a comer por uno de los principales fariseos, Jesús observa que los convidados se apresuran a escoger los primeros puestos. Su observación se ha hecho popular y se repite con frecuencia aun en los ambientes más laicos.
• Buscar los primeros puestos puede dejarnos en ridículo, si tenemos que descender. Es mejor buscar el último asiento para que el anfitrión nos invite a ocupar un puesto más digno. Evidentemente hemos aprendido la altanería que se puede esconder bajo la falsa humildad. Si elegimos el último puesto es solo para que todos reconozcan nuestra valia.
  • Más popular aún se ha hecho la frase con que Jesús concluye este primer consejo: “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Tanto la historia como la experiencia diaria avalan la verdad de este proverbio. Thomas Merton había profetizado hace muchos años en un poema la caída de las grandes torres de acero y cristal.
  
LA GRATUIDAD

Pero más escandalosos resultan los dos consejos de Jesús que recoge el evangelio de este domingo. Uno es negativo y el otro es positivo. Pero es claro que ambos son políticamente incorrectos:
• Cuando des una comida no invites ni a parientes ni a vecinos ricos que puedan corresponder invitándote. Jesús no pretende que rompamos los preciosos lazos de la familia o de la amistad. El Maestro trata de exhortarnos a vivir en gratuidad, sin buscar recompensas inmediatas ni efímeros honores.
• “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los muertos”. He ahí una extraña bienaventuranza. Con ella se nos exhorta a descubrir la dignidad de los marginados sociales. Y a aprender la relación entre la gratuidad temporal y la esperanza de lo eterno.
- Señor Jesús, tú nos enseñas que la humildad no es una postura fingida e interesada. Y nos pides que imitemos al Padre, que ama especialmente a los pobres y desvalidos. Ayúdanos a vivir la verdad de nuestra fragilidad. Bendito seas, Señor. Amén.
                                                             José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 27 de agosto de 2016

                                               
                PERDONAR LAS INJURIAS

Perdonar es sin duda la más excelente entre las obras de misericordia espirituales.  Todos podemos y debemos estar dispuestos a perdonar. Y todos tendremos que ser perdonados muchas más veces de las que imaginamos.
A veces pensamos que pedir perdón nos humilla, al poner en evidencia nuestros fallos.    Nuestro orgullo nos impide aceptar el perdón.  Por otra parte, la disponibilidad para perdonar a quien nos ha ofendido revela nuestra generosidad y magnanimidad.  
El perdón ha de  brotar de la sinceridad y generosidad de la persona. Sólo entonces es un sentimiento y un gesto de humanidad que hace grande a la persona.  
Para la tradición de Israel el perdón es ante todo un don de Dios. Él se revela a Moisés como  “misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes” (Ex 34, 6-7).
 En las relaciones humanas, el perdón de las injurias es un valor ético y religioso. José perdona a sus hermanos el crimen que cometieron, al venderlo a unos mercaderes. El joven David perdona al rey Saúl que trata de darle muerte.
  Jesús incluye el perdón en la oración que enseña a sus discípulos: “Perdónanos como nosotros perdonamos”. El que ha dicho “perdonad y seréis perdonados”, invita a sus seguidores a perdonar al que se arrepiente. Él mismo perdona al paralítico, a una pecadora y a la mujer sorprendida en adulterio.
La enseñanza de Jesús sobre el perdón se encuentra recogida en el llamado sermón eclesial. Allí exhorta a Pedro a perdonar “ hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). El mismo Jesús muere pidiendo el perdón para los que le han condenado a muerte. Y, una vez resucitado, confirma su elección a Pedro que por tres veces  había negado conocerlo.
Nuestra sociedad admite algunos desórdenes morales, pero después condena y desprecia a quienes los practican. Los discípulos de Jesús no podemos frivolizar el mal y el pecado. Pero hemos de estar dispuestos a perdonar al que ha faltado, si se muestra arrepentido y afronta las consecuencias de sus actos.
Ahora bien, la misericordia no es lo mismo que el buenismo irresponsable. La dignidad de la persona no puede ser burlada impunemente. Cuando nos ofenden contra toda justicia, estamos autorizados a reivindicar los derechos de que hemos sido privados. Así lo hizo san Pablo, encarcelado injustamente en la ciudad de Filipos (Hech 16, 37).
Sin embargo, siempre hemos de intentar mantener una sincera generosidad para conceder el perdón al que lo suplica. Es necesario un cuidadoso discernimiento para establecer la línea que separa la intransigencia de la tolerancia, y para promover la defensa de la dignidad humana del que ofende y del que es ofendido.
                                                      José-Román Flecha Andrés

REFLEXIÓN- DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINARIO. C 21 de agosto de 2016

LOS DE CERCA Y LOS DE LEJOS

 “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua ” (Is 66, 18). Esa promesa de Dios, se encuentra en la tercera parte del libro de Isaías. El pueblo ha regresado de Babilonia. El tiempo de la deportación y del exilio no podrá ser olvidado jamás. Pero Dios invita a soñar el futuro. A romper el particularismo. A ensanchar el horizonte.
El profeta anuncia que el Señor enviará sus mensajeros por todo el mundo.  Y anunciarán su gloria hasta en las tierras mas lejanas. Hasta las costas que nunca oyeron su fama ni vieron su gloria. Y de allá vendrán para ofrecer sacrificios  en el Monte Santo de Jerusalén.
 Apoyado en esa promesa, el orante se atreve a cantar: “Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos”  (Sal 116,1). Claro que nadie podrá caminar hasta el Señor si no se purifica. Es preciso aceptar como hijos la corrección con que nos reprende el Padre que nos ama (Heb 12,5-13).

LA PRESUNCIÓN

Al leer el evangelio que se proclama en este domingo nos quedamos un poco desconcertados. El texto parece oscilar de un tema a otro.
• En primer lugar se nos presenta a Jesús que sube decidido hacia Jerusalén. Pero no parece obsesionado por la condena que allí le espera. Al contrario, mientras va recorriendo el camino no deja de enseñar en las ciudades y aldeas por las que pasa. Jesús es un Maestro que no olvida su msiión.
• En segundo lugar, se recuerda la pregunta de un oyente anónimo: “¿Señor, serán pocos los que se salven?” Jesús elude la cuestión teórica y exhorta a las gentes a esforzarse en entrar por la puerta estrecha. La salvación no queda garantizada por la cercanía física al Maestro. No basta escuchar  su palabra. Hay que vivir como él para evitar ser rechazados por él.
 • En un tercer momento, contra la presuncion de los que le siguen habitualmente, Jesús  proclama la suerte de “los otros”. Son los que vienen de lejos. “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios.

LA RUTINA

El texto evangélico se cierra con una advertencia que debió de brotar muchas veces de los labios de Jesús: “Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.
• Las primeras comunidades cristianas pensaron sin duda que los primeros eran los miembros del pueblo de Israel, mientras que los últimos eran evidentemente los que llegaban del mundo pagano y aceptaban el evangelio del Señor. Se cumplían así las antiguas profecías. La comunidad se abría a nuevos horizontes.
• En las comunidades cristianas de hoy hemos de considerar seriamente aquella especie de proverbio de Jesús. Los cristianos “de siempre” hemos caído en la rutina. Creemos tener asegurada la salvación. Somos “practicantes no creyentes”. Seguramente nos precederán en el Reino muchos de esos que parecen “creyentes no practicantes”.
- Señor Jesús, ayúdanos a abrirnos a la novedad de tu Reino. Que tu Espíritu ofrezca un nuevo horizonte de universalidad y de gracia a los que nos hemos habituado a la comodidad que nos ofrece una fe cansina y rutinaria.  Señor, te piedad. Amén.
                                                                                  José-Román ,Flecha Andrés

DOMINGO 21º TIEMPO ORDINARIO C

CADA DÍA SU AFÁN 20 de agosto de 2016

                                                           
CORREGIR AL QUE YERRA
Si la oferta de buenos consejos es una obra de misericordia, también lo es la corrección a los hermanos que se han desviado del recto camino.  Pero corrección no es fácil. De hecho, ha de ser ejercida con prudencia, con desinterés, con amor. Ha de compaginarse con el respeto a las decisiones ajenas y con la tolerancia. Unas veces pecamos por defecto y otras veces por exceso.
Faltamos por defecto, cuando no corregimos a los demás, aun habiendo percibido sus malas acciones. En ese caso estamos demostrando nuestra indiferencia hacia ellos o bien nuestro deseo de mantener nuestra propia tranquilidad.
Podemos pecar por exceso, cuando nuestro celo nos ciega o apasiona de tal manera que perdemos el respeto a la persona corregida. De hecho, quien corrige a otro puede caer en la altanería y en la hipocresía.  
 En la Biblia el libro del Levítico exhorta a corregir al prójimo  (Lev 19, 17-18) y el  profeta Ezequiel desarrolla la teoría de la corrección y la responsabilidad moral que ésta implica (cf. Ez 3, 16-21; Ez 33, 1-9). 
La literatura sapiencial advierte sobre la prudencia que requiere la corrección fraterna: “Quien corrige al insolente recibe insulto; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado y aprenderá”  (Prov 9, 7-9).
En el  evangelio de Mateo se establece un itinerario para la corrección fraterna:  “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.  Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el  publicano. (Mt 18, 15-17).
Todos hemos de aprender a dejarnos corregir. Es preciso reconocer los propios errores y la necesidad de una ayuda fraterna para encontrar de nuevo el camino. Hay que desconfiar de las seguridades personales y de la espontaneidad y benignidad con la que todos nos absolvemos a nosotros mismos.  
Pero también es preciso corregir a los demás. La corrección fraterna exige un talante de comprensión y una exquisita delicadeza. Para ser auténticamente cristiana, requiere también un suplemento de humildad en quien la ofrece y en quien la recibe y, sobre todo, un profundo sentido de la comunión eclesial. 
                                                                    José-Román Flecha Andrés

DOMINGO 20º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN-DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO. C 14 de agosto de 2016

 LA DIVISIÓN
 “Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”. Esa acusación basta a los jefes del pueblo para que un rey débil les permita arrojar al profeta Jeremías, al fondo fangoso de un aljibe (Jer 38, 4-6.8-10). Menos mal que un hombre sensato logra que el rey reconozca su error, para poder librar al profeta de una muerte segura.
La historia se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Mil intrigas acechan al hombre que, en nombre de Dios, propone un camino recto y denuncia la injustica. Es muy peligroso nadar contra corriente. Y es difícil que alguien salga en defensa del justo.
Con razón el salmo proclama que solo de Dios puede venir la salvación: “Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos”  (Sal 39).
En este mundo y en esta hora es más que oportuno el consejo de la carta a los Hebreos: “Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado” (Heb 12,4).

LA PAZ

También el evangelio que hoy se proclama nos presenta la figura de Jesús como la de un profeta discutido (Lc 12, 49-53). Es más, nos recuerda una pregunta suya que a veces nos desconcierta: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz?” Así es. Eso es lo que esperábamos del Maestro.
Estamos seguros de que él había venido a traer la paz a los hombres que ama Dios. Sabñiamos que había venido a hermanar a los hombres y a derribar las barreras que los separaban. Sin embargo, el mismo Jesús dice haber venido para senbrar la division en el seno de las familias entre padres e hijos.
Y así ha sido con mucha frecuencia. Las comunidades cristianas primitivas -y también las actuales- tienen mucha experiencia de los conflictos que ha creado y sigue creando la fe en Jesucristo. Quien no desea alejarse de sus vicios y adicciones con frecuencia culpa a los miembros creyentes de su familia de todos los males que él mismo se ha buscado.

EL FUEGO

El texto evangélico pone en boca de Jesús una frase que, aun referida a la situación ulterior, bien puede reflejar su previsión de profeta: “He venido a prender fuego en el mundo”.
•  Ya en su vida, el fuego de Jesús libraba a algunos de la frialdad de su indiferencia, pero abrasaba a otros en el deseo de acallar su voz.
• A lo largo de la historia el fuego ha sido utilizado  para terminar con la vida de creyentes y no creyentes. De hecho ha quemado a mártires y a herejes.
• El cristiano hará bien en pedir al Señor que venga a prender fuego a su existencia: quemando la hojarasca del mal y calentando la voluntad que puede servirle en sus hermanos.
- Señor Jesús, tenías razón al presentarte como portador del fuego. Purifícanos de los restos del mal y calienta nuestra existencia, para que podamos dar testimonio de tu amor y de tu fuerza. Amén.
                                                           José-Román Flecha Andrés

CADA DIA SU AFÁN 13 de agosto de 2016


ESCLAVA Y REINA

El día 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de María a los Cielos. Un festejo para una humilde esclava que es venerada como una reina.
 Por estas fechas, recuerdo siempre un congreso, celebrado hace años en la Universidad Pontificia de Salamanca, cuando se concedió el título de doctor “honoris causa” al arzobispo M. Ramsey. Los anglicanos que lo acompañaban se mostraban muy molestos porque el día 1 de noviembre de 1950 el papa Pío XII había definido  este misterio como un dogma de nuestra fe.
Creo que las dificultades y acusaciones de aquellos buenos teólogos procedían de varios flancos.
En primer lugar, y con todo respeto, parecía que concebían el cielo como un lugar situado por encima de las nubes. Un error que también comparten muchos católicos.
Además, les parecía que negábamos la muerte real de María, cuando la definición dogmática evitaba expresamente hablar de ese paso, que los ortodoxos denominan como la “Dormición” y muchos católicos como el “Tránsito” de María.
Por otra parte, les escandalizaba que los católicos pusiéramos a María al mismo nivel que a Jesús, identificando la Asunción con la Ascensión, lo cual es falso. 
Y, sobre todo, les molestaba que la Iglesia católica, por su cuenta y sin contar con todos los demás cristianos, se arrogara el derecho de definir un dogma como este.
Ahora recuerdo el temor y la timidez con que tomé la palabra. Fue bueno que Interviniera también en el diálogo monseñor Briva, obispo de Astorga, buen teólogo y presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo.
Bueno, creo que, al final, nuestros amigos y hermanos anglicanos comprendieron que la Iglesia no crea dogmas, sino que proclama que ese misterio ha pertenecido siempre al depósito de la fe cristiana.
Además, se repitió que hay que revisar las categorías biológicas, temporales y espaciales cuando hablamos de los misterios de la fe. El cielo no es un lugar, sino la metáfora de la misericordia de Dios, de su gloria y de la acogida que reserva en su morada, es decir en su amor, a los justos.
Y, por fin, creo que se aclaró que María, como nosotros, es recibida en el amor y la gloria de Dios, precisamente por haber sido proclamada por el mismo Dios como la “llena de gracia”. 
De aquel diálogo quedó claro que entonces y ahora, por una parte y por otra, hace falta una seria catequesis para explicar las posibilidades y los riesgos de un lenguaje. Las palabras tienen su significado y su connotación. Pero la imaginación a veces eclipsa la luz de la verdad.
Pues bien, celebremos con alegría la fiesta de la glorificación de la que se reconocía a sí misma como una simple esclava del Señor. Una esclava recibida como una reina. Así es.  Con ella y con todos nosotros es el Señor quien tiene la última palabra.
                                                                           José-Román Flecha Andrés

DOMINGO 19º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO. C 7 de agosto de 2016

ESPERANDO DE NOCHE

 “Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de la que se fiaban”. El libro de la Sabiduría (18,69) evoca con estas palabras la intervención de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud padecida en Egipto. 
El texto continúa recordando la esperanza de Israel: aguardaba la liberación de los inocentes y la perdición de los culpables. La liberación de su pueblo era la gran revelación de la misericordia y de la justicia de Dios.  
En este tiempo de gracia y de misericordia, hacemos nuestras las palabras del salmo 32, que hoy se nos propone como respuesta a la lectura: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo: que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. La fe y la esperanza de Abraham caminan de la mano en el texto de la carta a los Hebreos que hoy se proclama (Heb 11, 1-2.8-9).

EL SUEÑO

Y la esperanza es también el tema principal del texto evangélico (Lc 12, 32-48). Los discípulos del Señor son comparados con los siervos de un amo importante. Los criados han de mantenerse en vela para recibir a su amo, aunque regrese a casa a la medianoche o a la madrugada. El texto contempla dos posibles actitudes contrapuestas.
• En primer lugar, hay una bienaventuranza especial, reservada para los criados que sean encontrados en vela. El amo es tan generoso que cambiará los papeles habituales. Recogerá sus ropas con un ceñidor, invitará a sus servidores a sentarse a la mesa y él mismo los irá sirviendo.
• Pero no es fácil mantenerse en vela hasta altas horas de la noche, porque el tiempo de la espera siempre es pesado. Algunos tratan de llenarlo comiendo y bebiendo, lo que les lleva a maltratar a sus compañeros. Hay otros que se dejan vencer por el sueño. Esas tentaciones demuestran el poco respeto que tienen a su amo.

LA PRESENCIA

Entre estos apuntes parabólicos, el texto evangélico incluye una exhortación un tanto ambigua: “Estad preparados, porque a la hora que menos penséis, vene el Hijo del Hombre”.
• Habitualmente se entiende esta frase como una serie amonestación a los descuidados. Nadie debería dejarse distraer por sus intereses, caprichos y tentaciones. El Señor llegará a nuestro mundo de forma imprevista. Y seguramente nos tratará con dureza por no haberle esperado, trabajando por tejer una cultura de paz y de armonía.
• Pero cabe tambien otra interpretación. El buscador de pepitas de oro ha de estar muy atento. En el momento menos pensado, la corriente de agua puede traer la pepita que espera. Los  discípulos hemos de tener confianza y no desalentarnos. En cualquier momento se hará visible la presencia del Salvador y se revelará el sentido de la historia.
- Señor Jesús, muchas veces nos pesa la oscuridad y lentitud de la noche. Pero al alba todos los días te hacemos saber que esperamos tu manifestación en este mundo. Queremos vivir una esperanza activa y fraternal. Ven Señor Jesús. Amén.   
                                                                  José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 6 de agosto de 2016

LA VIDRIERA Y EL MONTE

El día 6 de agosto se celebra la fiesta de la Transfiguración de Jesús. En la iglesia de San Francisco en la ciudad de Flagstaf, Arizona, USA, se encuentra en una gran vidriera que retoma el cuadro pintado por Rafael que repesenta ese momento de la vida de Jesús.
Quienes han visitado alguna vez la Tierra Santa suelen recordar con cariño y gratitud la visita al Monte Tabor. Casi todos dicen que allí experimentaron un momento de paz. Como los discípulos predilectos de Jesús, hubieran querido quedar en lo alto de la montaña meditando este misterio.
 En el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos un hernoso texto de la liturgia bizantina que nos ayuda a considerar la Transfiguración del Señor: “Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, para que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre”.
El texto evangélico incuye tres verbos muy significativos: contemplar, comprender y anunciar. Con ellos se evoca la actitud de los apóstoles Pedro Santiago y Juan, que fueron  testigos de aquel misterio. Esas tres actitudes que resumen la vida y la misión de todos los cristianos.
Esta fiesta de la Transfiguración de Jesús resume tambien nuestra vocación. No podemos olvidar el juego que se establece en los evangelios entre los verbos “escuchar” y “ver”. Las gentes del antiguo Israel había sido llamadas a escuchar las profecías. Los discípulos de Jesús pudieron ver al elegido de Dios.
 Pedro Santiago y Juan oyeron una voz que les decía: “Este es mi hijo amado, escuchadlo”.  Con esas palabras presenta a Jesús la voz que sale de la nube. Todos nos lleva a pensar que estas palabras constituyen el centro y el motivo de todo el relato evangélico. Y, por tanto, resultan importantes para los cristianos de todos los tiempos.
Gracias a la voz que resonaba en lo alto procedente de los cielos, los apóstoles pudieron comprender el  mensaje y la profecia de su Maestro.  La Transfiguración de Jesús nos dice que la muerte de Jesús no fue un accidente de trabajo. Y que él la habia previsto y aceotado para nuestra salvación.
En virtud del Espíritu de Pentecostés, recibieron la fuerza para anunciarlo a los cuatro vientos. Con ellos estábamos nosotros. Tambien nosotros hemos sido llamados a anunciar la gloria del Resucitado.
Escuchar al Hijo de Dios es la clave de nuestra fe. Esa escucha da sentido a nuestra vida de creyentes. Y, por supuesto, nos señale el “qué” y el “cómo” de la evangelización. Gracias a la experiencia del Monte sabemos lo que hemos de anunciar y recibimos la fuerza para anunciar ese mensaje.
                                                                 José-Román Flecha Andrés

lunes, 25 de julio de 2016

DOMINGO18º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 18º TIEMPO ORDINARIO. C 31 de julio de 2016

LOS BIENES Y EL BIEN

 “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” Esas palabras que abren el libro bíblico del Eclesiastés han entrado en nuestro lenguaje. El mismo Qohélet, al que se atribuyen, nos pregunta a continuación: “¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?” Ese es el mensaje que hoy se proclama (Ecl 1,2; 2, 21-23).
 Como sabemos, todo el libro es una reiterada reflexión sobre la vaciedad de todos los bienes en los que los seres humanos ponemos nuestra confianza. Nuestros anhelos de felicidad nos llenan de ansiedad cuando no logramos verlos cumplidos. Pero esos mismos deseos nos dejan profundamente insatisfechos cuando se cumplen.
Con razón la carta a los Colosenses nos invita elevar la mirada: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-2). No despreciamos los bienes de la tierra. Pero los comparamos con el Bien que no engaña.

RICO, PERO NECIO

En el texto evangélico que se leía el domingo pasado (Lc 11,1-13) Jesús nos exhortaba a orar, poniendo nuestra confianza en Dios. En el texto que  hoy se proclama Jesús nos invita a no poner nuestra confianza en los bienes (Lc 12,13-21).  En la parábola que contiene se contraponen los pensamientos del hombre y la sentencia de Dios.
• El hombre es un rico que ha recogido una gran cosecha. Ese fruto del presente le lleva a planear su futuro. Ampliará sus graneros. Por tanto tiene garantizada toda una vida llena de satisfacciones. El rico parece muy “inteligente”. Cree que el tener le asegura el ser.
• Sin embargo, la voz de Dios lo califica como un “necio”. Está equivocado. No puede contar con el futuro, puesto que tampoco el presente le pertenece. Ese mismo día en que sueña su felicidad le van a exigir la vida. Si no tiene asegurado el ser, de poco le va a servir el tener.   
Es evidente que estamos hechos para mirar a horizontes más amplios y lejanos. Los bienes inmediatos no pueden equipararse con el Bien absoluto.

EL VALOR DE LA VIDA

Antes de la parábola, el evangelio pone en boca de Jesús una exhortación y el fundamento en que se apoya: 
• “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”. Ese es el riesgo del ser humano. Esa es la tentación. Ese es el engaño. La avaricia y la codicia no son señales de la realización de la vida. Al contrario, revelan la pobreza interior y la inseguridad de la persona.
• “Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. En realidad, el ansia de poseer bienes manifiesta el error en el que se ha instalado el hombre. Todos los bienes de la tierra no puede asegurar la vida ni determinar su auténtico valor.
El texto concluye con una breve observación que recuerda la necedad del rico: “Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.
- Padre de los cielos, perdona la avidez con la que anhelamos poseer los bienes de este mundo. Abre nuestros ojos, para que aprendamos a verlos tan solo como medios para atender a tus hijos, que son nuestros hermanos. Y ayúdanos a confiar en tu providencia.  Amén.
                                                              José-Román Flecha Andrés


CADA DÍA SU AFÁN 30 de julio de 2016

DAR BUEN CONSEJO AL QUE LO NECESITA
  Esta obra de misericordia nos exhorta no tanto a comunicar ideas o datos como a facilitar orientaciones a los que parecen andar desorientados por la vida. Nunca ha sido fácil dar y recibir buenos consejos.  En esta época el consejo de los mayores nos parece menos necesario que en otros tiempos.  Con todo, también hoy es necesario el consejo, sobre los valores éticos que se han de observar.  
 En las páginas bíblicas, el consejo es en primer lugar un don de Dios y, después, una responsabilidad humana. Se   dice  que Dios ofrece consejos a Moisés (Ex 18,19). Sus consejos equivalen a sus mandamientos, como se insinúa en los salmos: “Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente; tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré” (Sal 16,7-8).
En el plano humano, el consejo se entiende como sinónimo del razonamiento.  En el libro de los Proverbios no sólo se invita a los jóvenes a escuchar la instrucción del padre (Prov 4, 1-27) y se recomienda esta actitud tan cercana a la sabiduría: “Escucha el consejo, acoge la corrección, para llegar, por fin, a ser sabio” (Prov 19,20). 
Más que imponer unos mandatos a sus seguidores, Jesús prefiere ofrecerles consejos, como se ve en el diálogo con el joven rico, al que Jesús propone el ideal   del seguimiento (Mt 19,19-22).
En el marco de la última cena, Jesús promete a sus discípulos el envío del Paráclito.  El Espíritu Santo será el verdadero consejero para los discípulos del Maestro (cf. Jn 14,26).
Podemos recordar los consejos que Pablo da tanto a su querido Timoteo (1 Tim 3, 22-23; 4, 11-16; 2 Tim 4,15) como también  a Tito (Tit 3, 9-11) y a Filemón (Flm 17).
Hoy sabemos que nadie se hace a sí mismo. Todos necesitamos la ayuda y los consejos de los demás. Y, al mismo tiempo, todos podemos contribuir con nuestras sugerencias a la formación de los demás. La verdad es sinfónica y es interpretada por muchos instrumentos. 
Para ofrecer un consejo a quien nos manifiesta sus dudas, hemos de  ponernos en su lugar. No podemos presentarnos como superiores o como maestros infalibles. Todos vamos haciendo camino. Nuestra oración y nuestra cercanía no siempre le ofrecerán una certeza. Pero podrán ayudarle a seguir la luz de la esperanza.
Esta obra de misericordia no sólo nos invita a dar buen consejo a los que dudan. Nos recuerda que todos necesitamos ser aconsejados. Nuestra libertad no genera el bien ni la verdad. Todos necesitamos luz para descubrir la voluntad de Dios.  
Los buenos consejos no son los que más halagan a las personas, sino los que las orientan en el camino que lleva a la verdadera felicidad. La fe nos dice que los consejos que  nos ayudan a percibir y realizar los ideales de la verdad, la bondad y la belleza están necesariamente marcados por el signo de la cruz.
                      José-Román Flecha Andrés

lunes, 18 de julio de 2016

DOMINGO17º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 17º TIEMPO ORDINARIO. C 24 de julio de 2016

ORACIÓN INSISTENTE
 “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contestó el Señor: En atención a los diez no la destruiré”. Así concluye el regateo con el que Abrahán trata de interceder ante Dios por las gentes de la ciudad de Sodoma (Gen 18, 20-32).
• En Oriente es muy habitual el regateo a la hora de comprar algún recuerdo para traernos a casa. El regateo no solo es útil. Es, sobre todo, un medio para establecer una comunicación. Gracias al regateo, las personas conocen un poco más a su interlocutor.
• Gracias al regateo, Abrahán llega a conocer la misericordia y la paciencia de Dios. Sus preguntas a Dios sobre el número de justos que le moverían a la compasión son también un modelo para la oración. La oración del creyente ha de ser confiada e insistente.

EL TRATADO

El texto evangélico que hoy se proclama (Lc 11,1-13) es un pequeño pero muy completo tratado sobre la oración. De hecho, incluye un modelo, una parábola, una exhortación y una profecía.
 • El modelo es la oración del Señor. Por supuesto, los discípulos ya sabían orar. Pertenecían a un pueblo que consideraba la oración como uno de sus pilares fundamentales. En este caso es importante la comparación que mencionan. Quieren que Jesús les enseñe una oración propia de ellos “como” hizo Juan  con sus discípulos.
• La parábola refiere el incidente de un padre de familia que, molestado por su amigo en medio de la noche, se levanta para darle los tres panes que le pide prestados. Mas que un consejo moral, el relato contiene una revelación. Jesús no trata ahora de pedir a los discípulos que sean generosos con el que les ruega. Quiere revelar la generosidad de Dios.
• La exhortación incluye tres imperativos: “Pedid, buscad y llamad”. Con ellos se subraya la indigencia humana. No sómos tan autosuficientes como creemos. Pero tampoco podemos ser tan desconfiados como somos. Porque el Señor nos promete que recibiremos, hallaremos y se nos abrirá. Esas frases sin sujeto aparente, tienen por sujeto a Dios.

EL ESPÍRITU

Finalmente, el texto evangelico contiene una profecía. En ella se recogen tres frecuentes peticiones de un hijo a su padre:
• Si un hijo pide a su padre un pan, el padre no le dará una piedra. Si un hijo pide un pescado, ningún padre le dará una serpiente. Si un hijo pide un huevo, el padre no le dará uno de esos escorpiones blanquecinos que se ven en el desierto.
• Pero no se ha de fijar la vista en el significante, sino en el significado. En él está la fuerza de la profecía: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”
Seguramente el oyente espera que Dios nos conceda “cosas buenas”. Y en realidad, eso  es lo que casi siempre pedimos al Padre. Pero la profecía incluye una promesa superior. La verdadera “cosa buena” es el Espíritu mismo de Jesús. Ese es el verdadero don de Dios.
- Padre de los cielos, confiamos en tu misericordia. La oración nos revela nuestra pobreza y tu bondad. Sabemos que, sea lo que sea lo que te pidamos, tú nos darás el Espíritu que nos lleva a reconocerte como Padre de Jesús y Padre nuestro. Amén. 
                                                           José-Román Flecha Andrés 

CADA DÍA SU AFÁN 23 de julio de 2016

ENSEÑAR AL QUE NO SABE
El listado de las obras de misericordia espirituales se inicia tradicionalmente por la enseñanza. Seguramente esta prioridad recuerda los tiempos en los que muchas personas no podían tener acceso a la escuela y mucho menos a una educación superior.
  Enseñar no es sólo transmitir conocimientos sino, sobre todo, ayudar a descubrir un sentido para la vida. El objeto de la enseñanza no es sólo la erudición, sino la formación de la persona. Enseñar no es sólo compartir conocimientos técnicos, sino sobre todo transmitir valores éticos.
No se trata tanto de conocer más cuanto de conocerse más y mejor. De ahí que la enseñanza haya de ser integral, personalizada, respetuosa y libre. “Enseñar al que no sabe” significa hoy ofrecer una orientación moral con la palabra y los escritos, con los espectáculos y con las nuevas tecnologías y sobre todo, con el ejemplo y el testimonio.
            En el mundo bíblico esta tarea de enseñar al ser humano compete, en primer lugar al mismo Dios. El piadoso israelita ruega al Señor que le revele su voluntad: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad” (Sal 25,4). Es Dios quien ha de enseñarle a cumplir fielmente su voluntad (Sal 143,10).
Pero si Dios es el Maestro de Israel,  también el creyente ha de cumplir su misión de enseñar a los demás a conocer y venerar a Dios y a comportarse adecuadamente en la vida. Según el libro de los Proverbios, la educación es una tarea de la familia: “Atiende, hijo, la instrucción de tu padre; no rechaces la enseñanza de tu madre” (Prov 6,20). 
  En los evangelios se concede una gran importancia a la doctrina que Jesús   transmite en las sinagogas, en las plazas y en el templo de Jerusalén. Todos advierten que enseña con autoridad (Mt 7,29).
El camino que recorre Jesús junto a los discípulos que salen de Jerusalén y se dirigen hacia Emaús es un buen ejemplo de esta obra de misericordia.  Asistidos por la fuerza del Espíritu de Dios, estos discípulos podrán enseñar un día a la multitud de sus oyentes en el nombre de Jesús.
Por su parte, san Pablo trata de enseñar lo que ha recibido del Señor a través de la tradición. En las comunidades cristianas primitivas se sabe que los hermanos han de tratar de enseñarse unos a otros (Col 3,16).   
Enseñar al que no sabe es una misión sagrada.Nadie ha sido llamado a imponer sus opiniones a los demás. Nadie es dueño de la verdad. En toda persona duermen las semillas del bien. Al tratar de enseñar a los demás descubrimos con gratitud que nosotros recibimos de ellos las mejores enseñanzas de nuestra vida.
 Esta obra de misericordia nos recuerda a los cristianos nuestra propia vocación. Todos los creyentes en Jesucristo hemos sido enviados para enseñar el camino de Dios, para ayudar a las gentes a descubrir a Jesucristo, para dejarse guiar por el Espíritu que da la vida.
                                                                          José-Román Flecha Andrés


COMUNICACIÓN

Queridos hermanos:
Envío las reflexiones del próximo fin de semana, 23-24 de julio.
Además, os comunico que la emisora” EN FAMILIA RADIO 740”, de PHOENIX,AZ, ha habilitado un número de teléfono -por medio de “Audio Now- para que quien tenga llamadas ilimitadas o movistar fusión, pueda escuchar gratuitamente desde España y desde el teléfono los programas que emiten.
Para quien quiera probarlo, el nº es 911 23 87 32
Los programas en los que yo hablo son los siguientes días y horas:
- Jueves, a las 10 de la noche (hora española)
- viernes, a las 10 de la noche
- domingo, a las 5 de la tarde
- lunes, a las 2 de la madrugada 
Paz y bien en el Señor.
José-Román Flecha



http://www.enfamilia.org/

lunes, 11 de julio de 2016

DOMINGO 16º TIEMPO ORDINARIO C

REFLEXIÓN- DOMINGO 16º TIEMPO ORDINARIO. C 17 de julio de 2016

ACOGIDA Y ESCUCHA
 “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda”. Ese es el estribillo del salmo responsorial que repetimos en este domingo (Sal 14, 2-5). Es una pregunta que refleja una nostalgia profunda. La de la persona que se ve perdida y desorientada por los caminos del mundo. La del creyente que, en medio de tanto ruido, anhela la paz del santuario. 
Pero ese deseo que da sentido a nuestro canto, no parece responder al mensaje de la primera lectura que se proclama en la eucaristía de hoy (Gén 18, 1-10a). No es Abrahán el que llega como peregrino al santuario de Dios. Es el Señor el que llega hasta la tienda de aquel pastor nómada.
Abrahán ve premiada su hospitalidad, al recibir y agasajar a unos peregrinos que no conocía y a los que tardó en reconocer como mensajeros de Dios. Como ha escrito el teólogo judío Elías Wiesel, esa disposición para acoger al huésped es lo que convierte a Abrahán en el padre de las tres grandes religiones monoteístas. 

LA TIENDA Y LA  CASA

Este hermoso relato anticipa la lectura del Evangelio (Lc 10, 39-42). Evidentemente, la hospitalidad es el tema que se ofrece a nuestra meditación. Es esta una virtud difícil. En otros tiempos las gentes acogían a los peregrinos. Hoy desconfiamos de todos. De los peregrinos, de los inmigrantes, de los refugiados. Preferimos vivir en la indiferencia hacia los demás.
Es interesante ver que el texto evangélico  atribuye a Marta la iniciativa de la acogida: “Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa”. Marta se nos presenta, por tanto, como una réplica de la actitud de Abrahán. La tienda del nómada es ahora una casa. Si Abrahán no conocía a sus huéspedes, Marta parece conocer al suyo.
No olvidemos la importancia que tiene en los evangelios el verbo “recibir”. Se habla de recibir a los niños, a un justo, a un profeta y a los discípulos. Y aún más. Jesús llega a decir: “El que reciba al que yo envíe, a mi me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió” (Jn 13,20). 

LA PIEDRA EN EL LAGO

Así pues, la hospitalidad no es una decisión que afecte sólo a quien la practica. Ninguna de nuestras acciones u omisiones termina en nosotros mismos. Somos como la piedra que produce un oleaje en las aguas de un lago.
• Al borde del desierto, Abrahán se apresuró a recibir a los que llegaban hasta su tienda. Como sabemos, la hospitalidad de Abrahán terminó por implicar también a su esposa Sara, que tras las lonas de la tienda, escuchaba las promesas de los huéspedes. Una promesa de fecundidad y de vida.
• En una aldea, Marta “se multiplicaba” para dar abasto con el servicio que deseaba prestar a Jesús. Pero la hospitalidad de Marta beneficia a su familia. De hecho, encuentra su reflejo en la actitud de su hermana María que, sentada a los pies del Señor, escucha su palabra. Una palabra de vida y de salvación.
- Señor Jesús, deseamos cumplir esta obra de misericordia que nos invita a acoger al forastero. Ayúdanos a superar nuestros prejuicios. Que tu Iglesia sea un hogar de acogida y de hospitalidad para que nadie se sienta extraño en ella. Amén. 
                                                          José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 16 de julio de 2016

                                                                                                    
ENTERRAR A LOS MUERTOS

En la profecía del juicio final, el Señor se identifica con seis tipos de personas necesitadas de atención. A ellas se añadió ya desde el siglo IV una séptima obra de misericordia: la de dar sepultura a los difuntos.
 Enterrar a los muertos es una medida higiénica, pero es el último acto de servicio que podemos prestarles. Este acto define la calidad y el estilo de una familia. El respeto a los difuntos denota el respeto que se concede a la persona. Por eso, nos molesta la frivolidad y la rutina con que, en algunos casos, se lleva a cabo este acto. 
La Biblia anota que Abraham se preocupa de comprar en Hebrón una sepultura para enterrar a Sara (Gén 23,4). Él mismo será un día sepultado allí por Isaac e Ismael (Gén 25,9), como lo será a su vez Isaac (cf. Gén 35,29).
Para ensalzar la virtud de Tobit se cuenta que daba sepultura a los hijos de su pueblo deportados en Nínive, aunque esa obra de compasión le mereciera denuncias y persecución. Entre los consejos que ofrece a su hijo está el de dar a su padre y a su madre una digna sepultura (Tob 4,3-4).    
Hay un texto evangélico que a veces escandaliza a las familias. Un individuo  pretende seguir a Jesús, pero solicita que le conceda permiso para ir antes a enterrar a su padre. Jesús contesta con una frase cortante: “Sígueme y deja a los muertos que entierren a sus muertos” (Mt 8, 22).  El texto sugiere que hay que  preferirle a Él antes que a otros deberes, por muy sagrados que parezcan.   
Por su parte, Jesús  interviene con su poder en los ritos funerarios de un joven de Naím, en el velatorio de la hija de Jairo y en el duelo por su amigo Lázaro. En los tres casos, Jesús devuelve la vida a los muertos.
 José de Arimatea baja de la cruz el cuerpo de Jesús, lo envuelve en un lienzo y lo deposita en un sepulcro nuevo excavado en la roca. Pasado ya el sábado, las mujeres pretenden completar los ritos del sepelio. Esa decisión favorece la manifestación del Señor resucitado.
Esta obra de misericordia nos lleva a redescubrir y proclamar el sentido humano y religioso de la sepultura. Enterrar a los muertos  puede ser un gesto profético. Por él anunciamos el triunfo de la vida sobre la muerte. Por él denunciamos la manipulación de la vida y de la muerte. Por él renunciamos a politizar la muerte y los funerales y a convertirlos en un espectáculo más en la sociedad  del consumo.
Finalmente, los funerales cristianos han de ser un momento para dar testimonio de la fe en la resurrección y para anunciar, celebrar y servir el “evangelio de la vida”. Es decir, han de ser un signo cuasi-sacramental de la esperanza cristiana
En esa celebración, los familiares y amigos de la persona que ha muerto pueden dar testimonio de su fe en la resurrección, de su esperanza en el Señor resucitado y de su amor a la persona que despiden.
                                                          José-Román Flecha Andrés